Español



Un cuento ligero como el viento, cautivador como el mar, maravilloso como la Luna.


Traducción de Gisela Fernández:
Los golpes resonaron fuertes en el portal y los gemidos desgarraron el silencio.
El párroco se despertó sobresaltado. Se levantó deprisa y se puso el hábito. Intentar mantener en todo momento un aspecto pulcro iba con su cargo, era lo que se esperaba de él: debía ser el máximo ejemplo de orden, moralidad y misericordia. También el ama se despertó. Asustada, al contrario que el párroco no se preocupó de su aspecto —no es que normalmente se ocupara demasiado de él—, se cubrió con una bata de lana y encendió la lámpara de aceite. Antes de correr a abrir a la pobre alma que gritaba desesperada fuera de la iglesia, pasó por delante de la habitación del párroco y dio unos golpes en la puerta para cerciorarse de que él también la hubiera oído.
—¡Padre! —lo llamó después de un par de toques en la madera.
—Sí, ya voy. —Abrió al instante, visiblemente intranquilo y receloso.
Tras el portón de la iglesia había una mujer, eso estaba claro. El ama iluminó con la lámpara y el párroco deslizó el pesado hierro que hacía de seguro detrás de la puerta.
—¿Qué sucede, hija? —preguntó incluso antes de haber visto el rostro de la mujer.
—¡Está a punto de nacer mi hijo! ¡Estoy sola! ¡Ayudadme! —gritó la desesperada mujer.
Al oír esa respuesta el ama y el párroco casi habrían deseado volver a cerrar el portón. Ninguno de los dos tenía afinidad con los niños y aún menos con las parturientas. Todos los miércoles, día de catequesis para los niños del pueblo, eran una pesadilla para ambos. El párroco no soportaba sus impertinentes preguntas y el ama detestaba el desorden que solo aquellas pequeñas pestes sabían crear. Pero el Señor enseña a abrir la puerta a quien lo necesita… Ya se las arreglarían de algún modo. El párroco intentó consolarse pensando que si ayudar a nacer a un niño fuera tan difícil, nunca habría nacido ninguno. Levantó la mirada hacia el cielo, se santiguó y abrió. Nada más abrir la puerta, extendió el brazo para dar apoyo a la mujer y la invitó a sentarse en uno de los bancos de la iglesia, pero para ella era demasiado incómodo estar ahí sentada. Un fuerte espasmo la impulsó a arrodillarse sobre el reclinatorio. Tenía el rostro desencajado y las manos cruzadas sobre el vientre, como si estuviera a punto de rezar la más sentida de las plegarias. A la mujer, en realidad, le hubiera gustado tener la libertad de imprecar, pero se contuvo por respeto al lugar en el que estaba, a pesar de que para ella nunca hubiera significado mucho. El ama se la miró mal, había adivinado sus intenciones, pero era normal, ¿qué podía esperarse de una mujer de mala vida? Bastaba con mirarle la ropa, y además estaba sola a esas horas de la noche… Una antipatía instintiva se apoderó de ella al momento. El párroco interrumpió sus malos pensamientos, le pidió que trajera almohadas, mantas y todo lo que pudieran necesitar la mujer y la criatura que estaba por llegar. Tenían que improvisar un jergón que fuera cómodo. El ama obedeció y, con rapidez, fue a coger lo necesario, aunque no pudo evitar resoplar enfadada, pues sabía que le iba a tocar a ella deslomarse durante toda la noche y cargar con toda la responsabilidad. Resuelta, lo preparó todo, mientras el párroco se limitaba a rezar al lado de la mujer que empezaba a estar parto. Parecían el exorcista y la poseída por el demonio. El ama, irritada por el bisbiseo del párroco, le pidió que terminara con las plegarias y que fuera de ayuda yendo a llamar a la comadrona. Más que por la imperiosa necesidad, por miedo a verse todavía más involucrado en el nacimiento del bebé, el párroco no se lo hizo repetir dos veces. Se apresuró por la calle adoquinada en su bicicleta, la agitación de vez en cuando le hacía derrapar, pero afortunadamente en el pequeño pueblo todo estaba cerca, así que tardó muy poco en llegar a la casa de la comadrona. Dio unos golpes en la puerta y después empezó a llamar a la mujer en voz baja. Estaba incómodo, toda la situación era más bien embarazosa y además no quería de ningún modo alertar a los otros vecinos del pueblo. Consiguió despertar a la mujer tirando piedrecitas a su ventana.
La comadrona tenía el sueño ligero, estaba acostumbrada a que la convocasen a las horas más absurdas, pero esta vez se llevó una auténtica sorpresa, pues entre las mujeres del pueblo no había previsto ningún parto. Cuando se asomó y vio al párroco la sorpresa fue aún mayor.
—¿Padre?
 —¡Shhh!… —siseó el párroco haciéndole un gesto para que bajara la voz.
—De acuerdo, ahora bajo —propuso entonces la comadrona.
El párroco asintió, había comprendido. Era el buen hombre del párroco quien la requería, debía haber un motivo de peso para haberla despertado en mitad de la noche.
—¿Quién es? —preguntó molesto el marido.
—¡Es el párroco! Vístete. Debe de haber sucedido algo.
Ambos se vistieron deprisa y corriendo. El marido, más rápido, aunque todavía concentrado en terminar de abrocharse la camisa, bajó a abrir. Inmediatamente después lo alcanzó la comadrona. El párroco les contó sobre la mujer misteriosa que estaba a merced de los dolores del parto y la comadrona, sin preguntar nada más, se preparó para asistir a un enésimo alumbramiento.
El marido salió con ella. La suegra, que vivía con ellos, se habría ocupado de los niños si ninguno de los dos hubiera vuelto a casa antes del amanecer. En el sillín de su bicicleta el párroco abría camino y, de cerca, lo seguía el marido de la comadrona, que pedaleaba con gran esfuerzo al llevar a su voluminosa mitad de paquete en la barra. Era necesario acompañarla, sobre todo cuando la llamaban a horas intempestivas, para evitar habladurías de mal gusto. Los habitantes del pueblo siempre tenían una «buena» palabra para todos.
Cuando llegaron a la iglesia, la mujer ya estaba a punto de dar a luz. La comadrona había llegado justo a tiempo para la operación más delicada. El ama dio gracias al cielo, porque ni con toda su buena voluntad habría sabido cómo sacar a ese niño. Era el espectáculo más desagradable que jamás hubiera visto y le desapareció al instante todo remordimiento por no haber sentido nunca la alegría de tener un hijo. La escena de esa mujer desconocida le pareció de todo menos un acontecimiento feliz. La comadrona, con gran talento, ayudó a la mujer. La pequeña criatura que vino al mundo resultó ser una niña. Una vez lavada y secada, suscitó la sorpresa de todos: tenía el cabello blanco y la piel clarísima. Parecía un fantasmita.


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